Lo escribí ayer a las 4 y media de la madrugada, así que ruego que de ver fallos absurdos, reiteraciones, horteradas, basura extrema... se me comunique.
Gracias.
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Dominando la ciudad, sobre la más grande columna nunca vista, que se alzaba sobre las cabezas y tejados, estaba la estatua del Rey Dorado. Era enorme, inevitable como un crepúsculo sangriento. Sus ojos, decían, increpaban a quienes no hacían lo debido; su diestra, siempre asía un espadón; su siniestra señalaba con el dedo a quien marraba.
El terror fue unánime un tiempo, pues los jóvenes no dormían por miedo a que sus mentes pensasen lo impúdico e impuro por las noches, cuando no las podían controlar.
Quienes no pagaban sus deudas, eran zaheridos desde las alturas por la falange acusadora. Quienes eran críticos con él, eran maheridos desde el dorado pedestal para su escarnio y corrección.
Aterraba a quien la veía, sollozaban los niños al verla y los viejos paran sus endebles corazones al sentirse observados. “Ahora mismo, ni yo soy capaz de mirarle a la cara” hizo notar, en sus últimas palabras, un condenado a muerte que iba a ser decapitado en la mayor plaza pública de toda la ciudad.
-¿Por qué no puedes intimidar como el Gran Rey?- preguntó a su perro guardián un rico hacendado, al ver cerca de sus tierras a hombres harapientos.
-Parece el ángel exterminador- decían los jóvenes religiosos al pasar junto a él, y sentir el alma aterida por la visión de esos ojos escarlata.
Pasaron los años, y poco a poco las bestias y alimañas empezaron a acercársele, y su altura hizo imposible quitar de él los excrementos. Con el fin de su brillo, de su imponencia; con el inicio de la era de los grandes edificios que opacaban su antaño larga sombra, fue quedando de él no más que un recuerdo borroso, un recordatorio de otra época tenebrosa.
Nadie sentía ya temor ni respeto por quien antaño les observase y castigase en silencio. Nadie creía ya en un castigo seguro de ese ojo acusador.
Algunos dirigentes de la ciudad discutían ya no sobre si tirar la estatua y su memorial y arrasar su pequeño parque, si no sobre a quien dar los terrenos para hacer continuar el progreso.
Una noche, por encima de las grandes torres de acero y cristal, por encima de edificios vivientes y máquinas pensantes, pasó volando un gran buitre leonado. Sus compañeros, allende el Desierto Unifamiliar y el Anillo de Detritus, se habían mofado de él cuando dijo oler muerte en la ciudad. Le increpaban diciendo que ya no había muerte comestible en ella, que no podría más que comer la basura de otros, en vez de sus carcasas; que al final moriría de tristeza y hambre, o abatida por algún loco urbanita temeroso de quien no fuese como él, humano y de cetrino color. Pero Carnaza, que así se llamaba él, no pudo por más que responderles que entre cucarachas negras y rojas y hediondez multicolor; que entre malos humores de invierno y tumores de primavera estaba el cadáver más hermoso que jamás ningún otro conoció.
De crédulo patán, de gañán empedernido y de poco viajado le tachaban, cenutrio empedernido le llamaban.
Y aunque de occisos y cadáveres estaban allí sobrados, de muertos tiroteados escondidos en lo ignoto de bosques y desiertos, y de animales apaleados por cabrones sedientos de sangre estaba aquello lleno, decidió ir a la ciudad a ver el que sería el más sabroso de los bocados que jamás imaginó probar, entre risas y carcajadas de sus compañeros, que le dieron la espalda mientras les dejaba atrás.
Al llegar a la ciudad, aunque toda ella no era más que una campana irrespirable, notó la muerte entre dos grandes bloques espejados. Se posó en un filo metálico que ya no cortaba, mientras era observado por dos ojos apagados. De ahí venía aquello que había olido a pesar de la distancia.
-Mientras espero a que mueras, me cobijaré bajo tus piernas, y tendré la morada de heces más alta que nadie imaginase- murmuró contento –Aquí, tan alto como estoy, apenas puedo asfixiarme con esa nube, y algo podré picar mientras espero.
Justo antes de dormirse, cuando su calvo colodrillo se enfundaba en su sobaquera, una gota de sangre le cayó encima.
Alzó la vista y rió. ¡Qué raro era aquello!, pues jamás vio un cadáver volar por más de unos segundos, y nada había en los alrededores que indicase un lanzamiento. Y sin embargo, llovía sangre, pues otra gota le cayó. Pensando que era una broma de mal gusto, decidió ir a cobijarse a otro lugar mientras esperaba que ese gran hombre agonizante, hecho todo él de metal pero con peste a humana podredumbre fuese suyo. Pero antes de levantar el vuelo, otra gota le cayó sobre el ala, y al levantar la vista vio dos ríos púrpura marcando el camino al ceño fruncido.
-¿Quién eres?- preguntó
-Soy el Gran Rey, señor único de estas tierras y de las almas que lo pueblan. Terror de infieles y criminales, único poseedor del terror y… todo lo demás- terminó en un diminuendo que llevaba al olvido.
-Entonces no deberías llorar, marica. Y menos aún llenar con tu sangre de casivivo a los demás.
-Cuando estaba vivo, cuando era temido, un solo gesto con mi mano habría valido para desplumarte. Viví las más terribles batallas que los ojos humanos conociesen, donde no se permitía el paso a la compasión ni el perdón. Durante el día mandaba las almas de los hombres a los más profundos pozos del averno, cortaba sus frágiles cuerpos como manzanas podridas. Por la noche, violaba a sus mujeres y mataba a sus hijos, dándoselos como carroña a mis jaurías de Devora hombres. Y a pesar de todo, los botines legendarios que traía conmigo, las riquezas que expoliaba por doquiera que mis pies chafasen hacían las delicias de mi pueblo, pues yo no quería tales alhajas y me conformaba con las caras de odio primero, de impotencia después de aquellos que se me enfrentaban y no seguían mis dictados.
El buitre se sorprendió al saber que no fue siempre un pedazo de muerte raído por el tiempo.
-Allá, a lo lejos, en la calle cuarenta y dos, un viejo duerme entre cientos de huesos de cientos de niños. Sus médicos le cuidan gracias al dinero que le dio el vender lo que él no quería de ellos. Yo, y solo yo, tengo el privilegio de disponer de las vidas de mis siervos. A nadie puedo dar estipendio por hacer este trabajo, y mis pies, anclados en las alturas, no pueden apenas soñar en acercarse a quien toma mis poderes como suyos. Bestia, mi bestia, por qué no arrancas de mi cinto el alfanjón teñido de dolor, que guarda más de lo que tú jamás devoraste, y das justo castigo al pecador. Yo lo haría si pudiese, y la providencia pagaría tus acciones.
-Te diré, ¡OH Rey!, que no es mi pico quien haya acabado nunca con nadie, ni mis garras quienes arranquen nada del cuerpo de los vivos, pues soy un carroñero que disfruta con el viento suave en sus alas, con corrientes tibias y templadas en los recovecos de cada pluma, con la presión del aire bajo la piel.
-Buitre, maldito animal, sé mi mensajero. Si no por mí y la Justicia, por las lágrimas de madres, por la rabia de los padres al no saber más de sus engendros. Hazlo por todos los despojos que ese hombre te arrebató.
-No me gustan los niños, y menos los humanos- dijo Carnaza- pues sus huesos son pequeños, y al romperlos nada hay en ellos. El tuétano no es algo que abunde en tan frágiles palillos blancos.
A pesar de todo, su estómago rugió, pues varios días llevó el llegar de su páramo a la ciudad.
-Lo haré, Gran Rey, seré tu mensajero y llevaré de nuevo el terror al corazón de quien dices, lo merece.
Así pues, el buitre agarró el alfanjón, y volando en las alturas entre gárgolas expoliadas de castillos olvidados que miraban impávidas el ir y venir de hormigas diminutas, entre diablos de aspecto humano que jugaban a ser dioses de sus pequeños dominios, un señor anodino y con bigote se asomó al balcón de su apartamento, exclamando para sí que si el viejo Isaac no respondía a sus llamadas, sería él quien se acercaría a un joven de no más de 8 años que gustase de su compañía y su calidez genital. Al final, sobrevolando en círculos sobre el unifamiliar abovedado, distinguió el aura de la muerte sobre el viejo, en la más grande de las casas de la calle 42.
-Es él, no hay duda, sus huesos transparentan en su piel, y su agonía no esconde su perfidia- cantó con ronca voz mientras dejaba caer el arma que, en su peso y perfil, cortaron el aire, perforaron la bóveda de cristal y abrieron el pecho del vil. Bajó despacio, arrancando las costillas que había quebrado el alfanjón y devorando con deleite todo el tuétano que encontró.
Al volver sobre la estatua, un predicador vio al buitre sobre la estatua, y como nadie jamás había visto tal alimaña en la ciudad, se dejó barba, agarró una pancarta y comenzó a anunciar el fin del mundo. Unos pocos, desesperados todos ellos, analfabetos su mayoría, le siguieron en su peregrinación al más allá.
Los pájaros urbanitas, al verle, huían.
Tras unos días, volvió el buitre junto a la estatua, y le comunicó que volvía a su país, pues aunque se había divertido no era capaz de comer metal, y por la inminente muerte de un ser inanimado había ido él a la ciudad.
-¡Bestia!-bramó el rey- quédate junto a mí, aunque sea un día más.
-No puedo, pues mi estómago ruge, y ya apenas recuerdo el sabor de tantas piezas animales que me estoy quedando sin cobrar, lo fácil que es ahuecar esos huesos apaleados por enloquecidos pasionales.
-Animal, allá en la Avenida Deidad, una hembra togada dice guiar las almas de su rebaño por las sendas de un ser ultraterreno. Dice hacerlo mientras sus velones desprenden el humo negro de la mentira. Dice hacerlo mientras las flores que representan la divinidad en su parroquia se marchitan, sus antaño rojos labios se tornan blancos con los diezmos a su feligresía. Coge mi faca, hecha con los últimos destellos de una estrella, con la que maté al último dios sobre la tierra, y clávasela en el músculo que consideran más importante: su corazón.
- Estatua, no puedo hacer eso, pues nada podré comer si lo hago. Yo como huesos, y por el crimen querrán lapidarme y quemarme sus fieles. En el mejor de los casos, moriré de hambre.
-Devora, pues, sus ojos y su lengua mientras estén todos mirando, aún sin respuesta ninguna. Desgarra su cuello y bebe su sangre para calmar tu sed. No quedarás ahíto, pero vivirás una semana más.
Resignado y nervioso por hacer lo nunca visto, el buitre cogió pues la faca real que escondía junto a sus pies, y volando por la ciudad, saludando a las nubes de tormenta y a un bello azor. Entró al gran templo planeando sobre cabezas arrodilladas que repetían movimientos como máquinas, e hizo lo que le dijo el rey sin sufrir daño alguno, pues la cobardía y superstición humanas parecían cubrirle en todo tiempo y lugar.
Tras unos días viendo la jungla de hormigón bajo sus patas, observando muertes que a nadie daban de comer, se despidió del puerto; de sus putas y sus gremiales mafiosos, se despidió del centro; de sus alcohólicos y drogatas, de sus calles que más eran urinarios que vías. Se despidió de sus rascacielos, de la luz que tapaban y de la que dejaban pasar.
Volvió junto a la estatua, y comenzó su despedida.
-Rey, me he divertido mucho contigo, he aprendido grandes cosas y he hecho, seguro, el bien de una forma extraña; pero bien al fin y al cabo. Ahora, rey, debo irme. Las hembras de mi especie buscan machos para procrear, y son mis genes mi más importante legado para dejar. Nadie me recordará, pero como fiera salvaje mi motivación es perpetuarme.
-¡Alimaña!, ¿Que nadie te recordará? ¿Que quedarás en el olvido, dices? ¿Que lo más importante son tus genes? Lo más importante es mi legado, lo más importante son tantas y tantas vidas de las que podemos disponer. Lo más importante es que perdurarás más allá de lo que puedas imaginar, sobre un trono de huesos que la historia recordará y temerá, y no tendrás que perpetuarte diluido, pues serás por siempre inmortal.
- Estás loco, rey, pero suena divertido lo que dices. ¿Qué he de hacer ahora?
- Mira allá, en las lindes de la civilización y el Anillo. ¿Ves a los desgraciados?
- Sí, les vi al pasar. ¿Cuál es su crimen? ¿Qué castigo les debo dar?
- Ninguno, bestia, ninguno. Yo nunca expoliaba más que a insumisos y desconocidos, mas jamás a mi propia plebe. Mi chusma jamás vistió con harapos, pues le arrebataba hasta el último doblón a los reinos vecinos para que todos viviesen como debían aquí, en la Gran Capital. Pero alguien ahora dice que puede tener el poder que yo tenía de disponer de lo que veía, de hacer y deshacer la riqueza y pobreza, de arramblar con todo aquello que ven en otros, de hacer gurruños con las más finas sedas; despreciando su labor. ¡A ellos has de castigar! ¡a ellos, que expolian a mis súbditos para llevar a lejanas islas perdidas, más allá del poder de mi ley, todas mis riquezas!
- No puedo, señor, pues no le quedan más armas que su gran espada, y con ella no puedo cargar.
- No te preocupes, afila tus garras en mi metal y tráeme la sangre de cuantos de ellos puedas. Yo haré el resto. Que no te preocupe la muerte, pues jamás perecerás si haces lo que te digo.
Así, el buitre fue atacando a ostentosos ladrones, y acumulando en su buche restos de cuantos de ellos podía. Tardó poco en actuar la policía, atacando en vez de a los ladrones a la bestia justiciera, hiriéndola en un ala y en pleno corazón.
En ese momento, una gran escala llegaba junto a la faz del viejo rey, y unos pocos operarios desanclaron con poco tino el pedazo de metal para llevarlo a la fundición. La peana fue volada, y sus restos hirieron a cuanta gente no fue advertida.
El buitre, moribundo, siguió el camión que llevaba al que ya era su monarca, mientras le insultaba en sus estertores por la mentira. El rey le pidió un último favor: Que se ensartase en su gran espada, mostrándole todo el castigo impartido en regio nombre.
El buitre, queriendo acabar con su sufrimiento, croaba desesperado mientras hacía lo que el rey le decía, y veía como, a la luz del sol, su sangre brotaba por todos los sitios imaginables. Sus fluidos se mezclaban con aquellos de los castigados.
Ya en la fundición, nadie se molestó en separar al carroñero de la estatua, por no querer tocar una bestia muerta y el guano de otros cientos.
-¿dónde está el legado que me prometiste, Rey de la Mentira?- repetía un eco que salía de entre el magma metálico, que salía de ninguna parte. Y el rey no contestó: su corazón de plomo estaba fundido.
Pido disculpas a la gente que respete a Oscar Wilde. Y a los familiares que pueda tener.



5 Amables visitantes me vilipendiaron:
Me han gustado los dos relatos.
Buen trabajo timmy!
Muchacho, no me haga este kilometraje postal, que hoy he venido resacoso a trabajar. Copio y pego para leer tranquilamente en casa, cuando mi cerebro se digne a salir de su madriguera.
No me sean quejicas, que unas vueltas a la rueda del ratón ejercitan el índice que es un primor
No lo he entendido pero me lo he pasado muy bien. Horror mugriento y hermoso.
Sólo con mugre ya me vale.
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