Malhadado parecía quien lo hacía, pues oía las voces desangeladas, fuera de tono, tiempo y lugar de los vecinos (muchos) que tenía. Estos, tenían la insana costumbre de denunciarlo ante las autoridades competentes cada vez que danzaba en torno a hogares alimentados con carbón perfumado y huesos robados, usados para invocar los favores de aquello en lo que sólo él creía: El Gran Suman-El, la Gran Hinna-Nania. Nunca, cuando esto sucedía, le hallaban en casa las Competentes de Arcángel, pues una lámpara de gas en la calle y una bajante plomiza de agua -de aquellas que producían cáncer y desgracias infinitas, le ayudaban a escapar sin demasiado problema ni excesiva poca complicación.
Sonaron golpes en la puerta, respondidos al agarrar en silencio la punta de sílex mejor tallada que encontró, tapando su boca con tela para ahogar la respiración entrecortada y ruidosa, esperando tras las llamas y el crepitar de la madera que todo pasase o comenzase. Volvieron a sonar golpes, pero ahora acompañados de una voz: Los últimos días están al llegar, ¡vuecé es el único de la comunidad que ha elegido arder en el fuego, y no podemos permitir tal elección! anunció una voz cantarina, tranquila, seseante.
Oliendo el peligro, el sudor y el arrojo, El Adorador olfateó la puerta hasta que brincó hacia atrás al caer un golpe sobre ella. Otra advertencia se coló entre las rendijas de la madera, recordándole que serían los Santos de los Últimos Días o sería la Purificación. Que serían ellos con plegarias o los Arcángeles con sus Fuegos Fatuos. Reptando, se acercó a la puerta y agarró un gran palo tallado, con una punta de piedra gris. Su cabeza organizó unos pocos conceptos, aclaró las ideas y, todo lo compendioso y sucinto que supo ser, respondió a la amenaza haciendo referencia al lugar por el que podían meterse su falso profeta.
La ira que esto provocó al otro lado, tumbó la puerta.
La respuesta hizo silbar el viento, estremeció con sus cantos de sirena las almas convencidas de los Últimos Días al ritmo que marcaba su muerte en vida, y el inicio de su vida en el Reyno Celestial. El tesoro que debían proteger, la savia roja de su existencia, regó los pastos de hongos grises y verdes de paredes no muy verticales y suelos horadados. Condenó el pánico animal al eterno fuego a quien no fue ensartado el primero, pero que segundos después quedó sin vista por instantes y por la eternidad poco después; pues no aceptando obsecuente su comunión y Alta Reunión, quisiese aferrarse al ahora y no al Mas Allá. Su cuerpo, al igual que su alma, fue llevado a la hoguera mundana de la celda llamada Piso de un segundo piso de la Avenida de la Sangre del Profeta de Plata.
Recitaban las ropas, el cuerpo y garganta de quien había dado matarile a dos santos sin santificar mientras llevaba a la hoguera los despojos, que signo es de finitud, que sintiéndose eternos; sintiendo a su dios respirándoles la nuca, no gozasen nunca al alcanzar tan gran virtud, tan gran placer: su gran perdón.
Pronto, el olor de la carne en pleno viernes de floreal hizo saltar las alarmas y las denuncias, pero al llegar la Justicia y los Arcángeles ya no se le encontró.



2 Amables visitantes me vilipendiaron:
Sus noches en vela son muy productivas por lo que veo ;)
Ara no m'acostume a que em parles en castellà.
Más que productivas, sinsorgas y delirantes.
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