Historias de un mundo color calamar

Dec 27, 2008

Adorador: Parte II

PARTE I

En el Gran Parque de la Ciudad de Plata, la ciudad de cielo más negro, tierra más roja y corazones más blancos del planeta; de almas más puras y sin cabida a viles y villanos, una nube ópalo y carmesí se alzó partiendo en idénticas mitades el fusco firmamento sin firmas ni celeste. Su origen: una fogata en torno a la que bailaba con demencia un humano vestido con pellejos de otros bichos antaño vivos; un humano que según algunos bendecía, según otros trataba de hadar con sus falsos mitos el fuego, el parque y la ciudad.

Discutían Ángeles y Arcángeles la santidad o no de tal baile, en términos que no entendería el común de los mortales, pues habían nacido solo para describir lo intangible y ascético, lo deífico y vaporoso.

Y mientras esto pasaba, tras un Cordón de Santidad, decenas de curiosos se acercaban a ver al hoguera que sin más alimento que un baile y un alma que tan pronto reía como lloraba y jamás se detenía, no paraba de soltar pavesas e inundar con llamas las brasas; no paraba de cantar al son de un combustible incombustible. Algunos creían que estas eran las llamas del averno, y al verlo huían despavoridos. Otros creían que el Danzante, el Adorador, trataba de aplacar a los Caídos de las entrañas de lo desconocido con sus saltos y su trance, para así retrasar el Final, dando opción a todos de redención.

Los Arcángeles que guardaban el lugar, impávidos; inmutables, reflejaban en sus iris las contorsiones de aquel indigente, prestos al principio a usar sus Fuegos Fatuos, deleitados después con los movimientos rítmicos y acompasados a un son indescifrable de aquel a quien guardaban.

Tras el primer día, fanáticos anunciando el advenimiento del fin aparecieron junto a él, grandes gritos y pequeñas palabras acompañaban el baile arguyendo que el dejarle traería el fin de lo conocido: el principio del paganismo, la depravación; el final de la ética y la civilización.

Sonreía el Adorador, pero no cambió su incesante vaivén. Sus piernas temblaban, y ya apenas le sostenían. Sus brazos, de tanto agitarse, casi le habían sacado la espalda del sitio. Su cabeza quería estallar, pero ahora no se podía detener. Si tenía razón, todo acabaría. Si no, también, pues los locos solo tenían un lugar allí: Redención.

Quería vomitar, pero no podía parar. Quería tirarse al fuego y terminar todo aquello, pero no podía parar. Quería que los Arcángeles, sus guardianes y carceleros, finiquitasen la danza con un barrido de aquella arma que decían venía de las manos de Dios y su falso Gran Profeta Plateado, pero no podía parar: Era el último adorador del fuego.

Un hombre había cruzado el Cordón, y nadie parecía apercibirle ni percibirle. Un hombre en nada parecido a los habitantes de la ciudad ni del Reyno, cualquiera diría que sin rostro, cualquiera diría que un sombrero sin cuerpo, cualquiera diría que una sonrisa invisible en una existencia tan sutil como anodina.

De pronto, todos los Arcángeles se echaron mano al pinganillo. Todos mano a su Arma Fatua, a todos les crujieron los dedos en el gatillo.

El Adorador, sin terror, resignado, miraba al frente. Ya no estaba el sombrero, pero el tiempo parecía detenido. La tierra eternamente roja parecía reflejar las llamas de su cuerpo, que podía moverse libremente mientras ardía, se quemaba su piel y se carbonizaban sus entrañas por entre los cuerpos helados de cientos de mirones, Lacayos y Santos, Arcángeles uniformados y sin uniformar. Aquello, sin duda, era prueba de que no eran fantasías y locuras el que él fuese último hijo de la llama.

Mientras el parque entero teñía su tierra de blanco, las llamas consumían más allá del tiempo los cuerpos de quienes, a ojos del adorador comenzaban a moverse de nuevo, y a sufrir la misma penitencia que él.

Todos los cuerpos, todas las almas del bosque fueron carbonizadas, y el suelo quedó blanco, creciendo y levantando el níveo centro por encima de la purpúrea ciudad. Todos los árboles, todas las bestias, se tornaron blancas desde ese día.

A las pocas horas, habiendo sido informado el Profeta de un fallo en las armas, anunció este al populacho; a la turbamulta de fieles que buscaban consuelo frente al Palacio del Pórtico Celestial, que Dios, por acción directa, castigó al infiel y a quienes le seguían cual becerro dorado, tiñendo por siempre la tierra de santificado albino. Advirtió de los peligros que estos ídolos traían consigo. Llenó de temor y euforia los corazones de los fieles, henchidos todos de orgullo por ser de verdad los elegidos de un Dios tangible.

Y a pesar del calor y los gritos, de la euforia y la locura; un joven corazón aterido no se logró calentar en mitad de todo aquello, pero esa es otra historia.

1 Amables visitantes me vilipendiaron:

Nuskens said...

Doncs et parlo en català ;)

És una altra història que vull llegir!!

Tenies raó, molt menys densa aquesta! :P

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