Las aventuras de Chico Caspa

Historias de un mundo color calamar

Jan 26, 2010

To the victor the spoils

Tras saltar por tejados y azoteas, no sin casi olvidar los dientes en más de una ocasión en algún reborde de hormigón, llegó a su casa: sudado, jadeante. Sus manos sujetaban los jirones de ropa, trofeos de su primera hazaña. De sus manos colgaban gotas de sangre coagulada que ya no se mezclaba con su sudor, sino que lo dejaban correr. Entre una risotada histérica y otra, no paraba de repetir ‘Soy un superhéroe, Soy… ¡La Polilla!’ ‘Soy El Superhéroe
Plantado de espaldas a la puerta cerrada, henchido por su autoproclamado heroísmo, crecía su creencia de singularidad cósmica en un universo de mediocridad. Lloraba y reía.

Dejó los pingos encima de la mesa, se quitó las armas de la espalda y las dejó en paralelo flanqueando los despojos de sus enemigos. Los despojos del mal. Empezó a desvestirse lentamente, recreándose en su cuerpo de héroe moderno, de nuevo Hércules o Aquiles o Lezo; de Hércules sin Hera, de Aquiles sin talón y de Lezo sin envidias y olvido. Desnudo ya, cogió las almas de los enemigos caídos, se los llevó a la cara y gritó, y gritó hasta no tener aire, y gritó hasta ahogarse. Una vez tranquilo, calmado, siguiendo un ritual no escrito, un ritual ancestral que se hacía por primera vez, miró los trozos de tela robados al Mal y les susurró

-Al vencedor los despojos. A la Polilla sus restos. Al vencedor los despojos. A la Polilla sus restos.


Cada vez lo repetía más rápido, cada vez se excitaba más, y seguía repitiéndolo para sus adentros mientras mordía la ropa, mientras arrancaba pedazos de las almas textiles de los caídos y se masturbaba en el suelo, entre sus dos armas, devorando y revolcándose en su victoria.

Le despertaron los pitidos del despertador tal como se había dormido: como un feto sexualmente satisfecho, revuelto en jirones de ropa perdida de sangre, sudor y semen. Ya era casi hora de ir a trabajar. Mientras se duchaba sólo podía pensar en ver la cara de sus compañeros, ignorantes de su heroica condición, al hablar maravillas de la primera persona que por fin plantaba cara al Mal que asolaba cada rincón de la ciudad, cuando comentasen cómo un enmascarado había borrado a los malvados de la tierra y de cómo lo amaban; de cómo todo sería mejor gracias a La Polilla.

Nov 27, 2009

Superhéroes: El zumbido de la noche

Sus pies apenas tocaban el cemento, sus piernas volaban bajo la noche de las farolas. Su cuerpo, ágil, se escurría por las rendijas de ríos humanos sin esfuerzo. Sus ojos, faros empotrados en las alas que tenía por cara, seguían el rastro de la maldad.

“¡Qué horror!” exclamaban algunas muecas mientras seguían su camino en silencio, “menos mal que no soy yo” decían otras, aparentando indiferencia y asco. “¡Qué incompetencia! ¡Nadie hace nada!” parecía indignarse un señor que seguía su camino sin chistar.

El Mal estaba cerca, esa estela de caras iluminadas por la barbarie le acabarían llevando al fuego que las encendió. Y la hoguera de hediondez apareció. Tres fornidos chavales pisoteaban a dos hombres mientras un cuarto les jaleaba. “Marica” graznaban, “basura, escoria, hideputa” coreaba el cuarto, ahogando los gritos de “no matéis a mi padre” de uno de los pisoteados y los extraños sonidos que hacía el mayor de la pareja al escupir pasta negruzca.

Ninguno oyó cómo la cabeza de su compañero tocaba el suelo. Ninguno vio su sangre regar la infértil tierra de la ciudad. Ninguno sintió a su verdugo alzar su capa en vuelo, poner brazos en jarras y exclamar una y mil veces: “¡Soy el saprófago de esta ciudad! ¡Soy la Polilla!

Y así, entre los sollozos que imploraban su ayuda para reanimar a uno de sus rescatados, arrancó la ropa de los vencidos y huyó ante el atento reojo de viandantes y el desprecio de los guardas privados mientras las sirenas iluminaban la noche.




fuente

Jul 2, 2009

¡Rayos!

La gente sobrestima los rayos y las centellas. Como expresión son elegantes, para qué negarlo. Uno puede decir algo como ¡rayos y centellas!, y quedar como una persona educada delante de alguien importante, como Pepita Pérez o Cayetana Fitz James Stuart Da Silva. Yo, por ejemplo, es una expresión que utilizo muy a menudo, a pesar de que algunos la consideren de mal agüero -que es una palabra que lleva diéresis, al contrario que la palabra diéresis, que no se contiene a si misma siendo una incontinente. Pero decía que los rayos y centellas son de mal agüero, sobre todo cuando a uno le caen encima.
Yo no sé por qué deberían serlo. Si a uno le cae un rayo encima, tiene una pequeña fracción de un segundo para arreglar sus asuntos, que puede parecer que no pero es bastante. La última persona a la que le pasó eso, escribió las obras del Capitán Centella en el interín, que también es otra palabra muy bonita, en el interín. Bueno, que no es una palabra, pero es bonita sin serlo. Yo no soy una recua porque soy uno y no varios y no soy bonita, pero podría serlo siendo siendo uno solo. Bueno no, que me estoy quitando la razón. Las recuas son preferibles a mi. Además, yo siempre pronuncié interín, no ínterin. Eso queda muy feo. Como las recuas de yeguas.

Como iba diciendo soy criptozoólogo. Y si no lo había dicho, lo digo ahora. En más de una ocasión he tenido que utilizar la expresión ¡Rayos y Centellas!, claro que para usarla no digo abreparéntesis rayos y centellas cierraparéntesis, simplemente lo digo en voz alta; aunque no tiene por qué ser en voz muy alta en realidad, si no por encima del nivel del discurso.
Recuerdo una noche en concreto. La pobre estaba emparedada, así que necesité una hogaza de pan y un bote de palomitas de maíz, que en Valencia son llamadas rosas por los abuelos, aunque sean blancas. Me quedé la velada entera viendo como la noche estaba emparedada en el hormigón, con algún que otro viaje al salín. La recuerdo como una noche aburrida en la que acabé con la boca seca.
La verdad es que la noche no es el típico animal que uno se encuentra en los sitios donde se suelen buscar animales, como la Wikipedia o las Páginas Amarillas. No. La noche es algo más. En uno de mis libros de criptozoología en el que hablaban sobre arañas, gusanos devoradores de cadáveres y otra fauna típica de las criptas, describían un animal como la noche en concreto. Me marcó durante, al menos, 20 minutos. Exactamente hasta que mi madre me la hizo borrar, porque creía que era un tatuaje y lo rascó con el nanas. La descripción decía así:

노랑초파리

위키백과 ― 우리 모두의 백과사전.노랑초

파리(Drosophila melanogaster)는 초파리과에 속하는 곤충으로, 유전학 실험에 널리 사용된다


¡Rayos y Centellas!
¡En mis treinta años como criptozoólogo jamás vi un animal semejante!

Sinceramente, es una descripción que puede cambiarle a uno la vida. Como la decisión de ser astronauta y/o rufián, o el hecho de nacer zámbigo o en el cámbrico. También puede condicionar ser un lolailo o proferir lilailas estertóreas y extemporáneas, por ejemplo cuando nos cortamos las uñas.
Dios no nos dio uñas para cortarlas.

Y sí, esa rima sobraba. La del cámbrico y el zámbigo, digo.

¡Rayos y centellas!
¡No quiero hacer pellas!

May 22, 2009

El vuelo y el revuelo

Se hizo Lorenzo, un lienzo con su piel, y en él escribió que cuatro veces cuatro heces le hicieron correr en busca de alcohol, pues cuando sobrias estaban, se pegaban por doquiera que pasasen, armando revuelo, volando y otras cosas malas.

La moraleja de esta historia está clara: Ni el vuelo ni el revuelo son sanos si se abusa de ellos.

Post Scriptum
Eso sí, no confundamos, pues las fundas de las manos -esto es, el pellejo- no hemos de temer. Sólo los que se enfundan y son de hierro nos pueden hacer daño. No nos llevemos a engaño, cualquiera de nosotros sabe que los arquitectos comen niños.

May 19, 2009

otro jaicu

Creía que encima me cagaba,
estruendosa tormenta de primavera
al final no hubo sustancia.
Estas cosas hay que acompañarlas de letras chinas to guapas.

Apr 29, 2009

ME BENDI WEI

http://factoria.fnac.es/concursos/segundo-concurso-de-microrrelatos/jacobo-zurron-senor-del-jabon

Apr 12, 2009

Tres Veces

Amanecía. La luz de un nuevo día rebotaba en las fincas blancas, más que pulcras; impolutas. Los primeros rayos de sol inundaban rápido el barrio. No quedaba rincón sin iluminar. No quedaba resquicio de oscuridad. Las ventanas sin cortinas, sin persianas, sin visillos ni horteradas, límpidas y diáfanas, dejaban entrar raudales de luz. Una de ellas, una de tantas, parecía ajena a aquel festival diario. La luz parecía no querer entrar. En ella, los vecinos oían una discusión, tras unas paredes que aislaban de todo menos del chismorreo, por otra parte tan necesario.

-No quiero seguir viviendo así. Esto es una mierda. Somos esclavos nómadas. Nos escondemos como ratas. Quiero una vida normal, hacer cosas normales, como los demás. Quiero hacer lo que hacen los otros, joder- dijo una voz cansada, tan cansada que parecía que no podría quejarse mucho más. Era una voz seca, pero suave. Era terciopelo somnoliento.

-Los otros no dicen tacos - dijo una voz queda, más por hastío que por miedo. Ni huera, ni dulce, ni todo lo contrario, mas profunda como pocas.

-A los demás no les importa que los vecinos les puedan oír hablar. Los demás disfrutan con el sol cada mañana. Los demás son felices, joder.

-Los demás son tan predecibles que los vecinos no pueden decir nada de ellos. Los demás dicen disfrutar del sol cada mañana, dicen ser felices, dicen hacer lo que todos dicen hacer. La normalidad es hipocresía. La normalidad no existe.

-Sí existe. Existe desde el momento en que somos anormales, apestados, parias… ¡rufianes!

-Somos libres

-No me vengas otra vez esa m… - iba diciendo la voz cansada y quejosa, cuando le cortó el timbre de la puerta.

-Cállate, y déjame a mí- dijo la voz profunda, que parecía resonar más allá de su cuerpo.

La casa, al igual que otros muchos cientos en el barrio y más allá, era una gran estancia con la cama separada por una mampara a un lado, la cocina de espaldas al gran ventanal y entre medias una gran mesa. Frente a la cocina, la única parte invisible desde la ventana: El retrete y la ducha, que formaban un pasillo hasta la puerta.

Abrió la puerta de un tirón. Estaba abierta. Todas lo estaban. Podrían haber entrado, pero la cortesía obligaba siempre a llamar. Tras la puerta, dos hombres impecablemente vestidos, con medias melenas recogidas por cintas en el pelo. Ambos eran rubios, los dos sonreían como si fueran las personas más felices del planeta.

-¡Hola, compañero! -Dijo el más alto de los dos. Estaban enfundados en camisas de lino y pantalones grises, y todo en ellos parecía tan bello como artificial- ¿Me podría decir cómo se llama?

-Podría, sí. Me llamo Howell Barti Ddu. Pueden llamarme Señor Barti.

-¡Bonito nombre! Es la primera vez que lo oímos.- siguió el más alto de los dos.

-¿cómo sabes que tu compañero nunca lo ha oído?- replicó, socarrón Barti.

Los dos Hombres de Lino dejaron de sonreír, azorados. Cruzaron una mirada, y uno de ellos se tocó el lóbulo de la oreja izquierda.

-¿Está usted casado? ¿Matrimonio Fugaz, quizás?

- No, jamás pagaría la Mahr- respondió Barti levantando las cejas y moviendo las orejas de manera aleatoria, como si la conversación no fuese con él.

-Entonces, ¿no será usted invertido?- siguió inquiriendo el más alto de los quasi-clones-Debemos pedirle que nos deje entrar. Tenemos que ver el interior de su casa. Estaba usted hablando con alguien y debemos comprobar con quien y por qué.

-El hogar de un hombre es su castillo- replicó Barti.

-¿Y qué significa eso?- respondió el más bajo de los Hombres de Lino. Su mano izquierda se acercó a su oído, mientras la derecha parecía coger algo de su bolsillo y quedarse a la espera.

-Qué pregunta tan fútil, si ya lo estás preguntando. Indaga y sabrás tu destino. Marchaos de mi casa y todo seguirá como hasta ahora.

-¿Es usted un Viejo Jurista?- Dijo el intruso bajo

-No, espera- respondió el alto, al tiempo que Barti le metía los dedos índice y corazón en los ojos, y el pulgar en la boca, levantándole la cara y empujándole hacia atrás.

Aprovechando el movimiento, el codo izquierdo de Barti se incrustó en la nariz del hombre bajo, haciéndole sangrar. Agarró del brazo que tenía en la faltriquera a este segundo y le empujó el codo de atrás hacia delante. Su gritó retumbó en toda la finca. Su brazo, colgante, sostenía por reflejo un arma que era incapaz de utilizar. La palma de Barti agarró su cara, y le lanzó junto a su compañero, ahora ciego, que intentaba levantarse a duras penas. Barti le dislocó la rodilla de un pisotón, pero este aguantó el grito mordiéndose el puño. Sus ojos lloraban sangre, pero si pudiesen, también habrían llorado lágrimas.

-No sabes lo que has hecho. Te encontraré yo mismo, y te llevaremos al Consejo. Tu recuerdo desaparecerá con todos los que alguna vez te conocieron. He muerto tres veces, y no me da miedo volverlo hacer: Mi corazón es puro.

-No, hijo, no- Respondió Barti condescendiente- Esta vez va en serio. No habrá robo de cuerpos. No habrá plañideras en tu muerte y resurrección, ni llantos de madres sin sus hijos. ¿Me están viendo desde la central?

-Claro. Ya deben tener gente en camino. Toda la ciudad ya conoce tu cara. Yo viviré, y tú: morirás.

Mientras el ciego decía esto, Barti conectó un rodillazo en la sien del bajo Hombre de Lino, que hacía por alcanzar el arma con su brazo íntegro.

- Ved, de nuevo; lo que era, ha sido y será siempre la muerte gentes del Concejo. Nadie puede fuir de ella, nadie se acalda, tranquilo, sabiendo que volverá al mismo mundo en que palmó. Yo soy la segur que talla vuestra locura, yo soy la dalle que siega vuestra aberración.

Y dicho esto, atarazó la parte izquierda de su cara y le hundió de un golpe la garganta a los dos. Y mientras esto hizo, su cara, antes enjuta y angulosa, se suavizó. Sus rasgos, antes adustos, se dulcificaron, asemejándose más con cada mordisco a los ya muertos Hombres de Lino.

-Howell, eres cruel. Estás loco. Eres un enfermo. No quiero seguir con esto- oyó en su cabeza el viejo Barti Ddu, que ya no parecía tan viejo.

-Tomás, ahora no- Se dijo para sí Barti mientras miraba la rendija de la puerta que abrían todos los vecinos. En esos momentos, nadie podía identificarle a ciencia cierta pues su cara no paraba de cambiar.

-¡Si les preguntan que pasó, fue lo que tenía que pasar!- Dijo Barti, desapareciendo en una ciudad que se desperezaba; una ciudad temerosa, como siempre, de aquello que no pudiese controlar. Y mientras el Consejo de Doctos se reunía para tratar tan grave caso, Barti Ddu le repetía a Tomás Anstis que eso era lo que tenía que pasar, y que ojalá hubiese otra manera.

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