Las aventuras de Chico Caspa

Historias de un mundo color calamar

Jul 2, 2009

¡Rayos!

La gente sobrestima los rayos y las centellas. Como expresión son elegantes, para qué negarlo. Uno puede decir algo como ¡rayos y centellas!, y quedar como una persona educada delante de alguien importante, como Pepita Pérez o Cayetana Fitz James Stuart Da Silva. Yo, por ejemplo, es una expresión que utilizo muy a menudo, a pesar de que algunos la consideren de mal agüero -que es una palabra que lleva diéresis, al contrario que la palabra diéresis, que no se contiene a si misma siendo una incontinente. Pero decía que los rayos y centellas son de mal agüero, sobre todo cuando a uno le caen encima.
Yo no sé por qué deberían serlo. Si a uno le cae un rayo encima, tiene una pequeña fracción de un segundo para arreglar sus asuntos, que puede parecer que no pero es bastante. La última persona a la que le pasó eso, escribió las obras del Capitán Centella en el interín, que también es otra palabra muy bonita, en el interín. Bueno, que no es una palabra, pero es bonita sin serlo. Yo no soy una recua porque soy uno y no varios y no soy bonita, pero podría serlo siendo siendo uno solo. Bueno no, que me estoy quitando la razón. Las recuas son preferibles a mi. Además, yo siempre pronuncié interín, no ínterin. Eso queda muy feo. Como las recuas de yeguas.

Como iba diciendo soy criptozoólogo. Y si no lo había dicho, lo digo ahora. En más de una ocasión he tenido que utilizar la expresión ¡Rayos y Centellas!, claro que para usarla no digo abreparéntesis rayos y centellas cierraparéntesis, simplemente lo digo en voz alta; aunque no tiene por qué ser en voz muy alta en realidad, si no por encima del nivel del discurso.
Recuerdo una noche en concreto. La pobre estaba emparedada, así que necesité una hogaza de pan y un bote de palomitas de maíz, que en Valencia son llamadas rosas por los abuelos, aunque sean blancas. Me quedé la velada entera viendo como la noche estaba emparedada en el hormigón, con algún que otro viaje al salín. La recuerdo como una noche aburrida en la que acabé con la boca seca.
La verdad es que la noche no es el típico animal que uno se encuentra en los sitios donde se suelen buscar animales, como la Wikipedia o las Páginas Amarillas. No. La noche es algo más. En uno de mis libros de criptozoología en el que hablaban sobre arañas, gusanos devoradores de cadáveres y otra fauna típica de las criptas, describían un animal como la noche en concreto. Me marcó durante, al menos, 20 minutos. Exactamente hasta que mi madre me la hizo borrar, porque creía que era un tatuaje y lo rascó con el nanas. La descripción decía así:

노랑초파리

위키백과 ― 우리 모두의 백과사전.노랑초

파리(Drosophila melanogaster)는 초파리과에 속하는 곤충으로, 유전학 실험에 널리 사용된다


¡Rayos y Centellas!
¡En mis treinta años como criptozoólogo jamás vi un animal semejante!

Sinceramente, es una descripción que puede cambiarle a uno la vida. Como la decisión de ser astronauta y/o rufián, o el hecho de nacer zámbigo o en el cámbrico. También puede condicionar ser un lolailo o proferir lilailas estertóreas y extemporáneas, por ejemplo cuando nos cortamos las uñas.
Dios no nos dio uñas para cortarlas.

Y sí, esa rima sobraba. La del cámbrico y el zámbigo, digo.

¡Rayos y centellas!
¡No quiero hacer pellas!

May 22, 2009

El vuelo y el revuelo

Se hizo Lorenzo, un lienzo con su piel, y en él escribió que cuatro veces cuatro heces le hicieron correr en busca de alcohol, pues cuando sobrias estaban, se pegaban por doquiera que pasasen, armando revuelo, volando y otras cosas malas.

La moraleja de esta historia está clara: Ni el vuelo ni el revuelo son sanos si se abusa de ellos.

Post Scriptum
Eso sí, no confundamos, pues las fundas de las manos -esto es, el pellejo- no hemos de temer. Sólo los que se enfundan y son de hierro nos pueden hacer daño. No nos llevemos a engaño, cualquiera de nosotros sabe que los arquitectos comen niños.

May 19, 2009

otro jaicu

Creía que encima me cagaba,
estruendosa tormenta de primavera
al final no hubo sustancia.
Estas cosas hay que acompañarlas de letras chinas to guapas.

Apr 29, 2009

ME BENDI WEI

http://factoria.fnac.es/concursos/segundo-concurso-de-microrrelatos/jacobo-zurron-senor-del-jabon

Apr 12, 2009

Tres Veces

Amanecía. La luz de un nuevo día rebotaba en las fincas blancas, más que pulcras; impolutas. Los primeros rayos de sol inundaban rápido el barrio. No quedaba rincón sin iluminar. No quedaba resquicio de oscuridad. Las ventanas sin cortinas, sin persianas, sin visillos ni horteradas, límpidas y diáfanas, dejaban entrar raudales de luz. Una de ellas, una de tantas, parecía ajena a aquel festival diario. La luz parecía no querer entrar. En ella, los vecinos oían una discusión, tras unas paredes que aislaban de todo menos del chismorreo, por otra parte tan necesario.

-No quiero seguir viviendo así. Esto es una mierda. Somos esclavos nómadas. Nos escondemos como ratas. Quiero una vida normal, hacer cosas normales, como los demás. Quiero hacer lo que hacen los otros, joder- dijo una voz cansada, tan cansada que parecía que no podría quejarse mucho más. Era una voz seca, pero suave. Era terciopelo somnoliento.

-Los otros no dicen tacos - dijo una voz queda, más por hastío que por miedo. Ni huera, ni dulce, ni todo lo contrario, mas profunda como pocas.

-A los demás no les importa que los vecinos les puedan oír hablar. Los demás disfrutan con el sol cada mañana. Los demás son felices, joder.

-Los demás son tan predecibles que los vecinos no pueden decir nada de ellos. Los demás dicen disfrutar del sol cada mañana, dicen ser felices, dicen hacer lo que todos dicen hacer. La normalidad es hipocresía. La normalidad no existe.

-Sí existe. Existe desde el momento en que somos anormales, apestados, parias… ¡rufianes!

-Somos libres

-No me vengas otra vez esa m… - iba diciendo la voz cansada y quejosa, cuando le cortó el timbre de la puerta.

-Cállate, y déjame a mí- dijo la voz profunda, que parecía resonar más allá de su cuerpo.

La casa, al igual que otros muchos cientos en el barrio y más allá, era una gran estancia con la cama separada por una mampara a un lado, la cocina de espaldas al gran ventanal y entre medias una gran mesa. Frente a la cocina, la única parte invisible desde la ventana: El retrete y la ducha, que formaban un pasillo hasta la puerta.

Abrió la puerta de un tirón. Estaba abierta. Todas lo estaban. Podrían haber entrado, pero la cortesía obligaba siempre a llamar. Tras la puerta, dos hombres impecablemente vestidos, con medias melenas recogidas por cintas en el pelo. Ambos eran rubios, los dos sonreían como si fueran las personas más felices del planeta.

-¡Hola, compañero! -Dijo el más alto de los dos. Estaban enfundados en camisas de lino y pantalones grises, y todo en ellos parecía tan bello como artificial- ¿Me podría decir cómo se llama?

-Podría, sí. Me llamo Howell Barti Ddu. Pueden llamarme Señor Barti.

-¡Bonito nombre! Es la primera vez que lo oímos.- siguió el más alto de los dos.

-¿cómo sabes que tu compañero nunca lo ha oído?- replicó, socarrón Barti.

Los dos Hombres de Lino dejaron de sonreír, azorados. Cruzaron una mirada, y uno de ellos se tocó el lóbulo de la oreja izquierda.

-¿Está usted casado? ¿Matrimonio Fugaz, quizás?

- No, jamás pagaría la Mahr- respondió Barti levantando las cejas y moviendo las orejas de manera aleatoria, como si la conversación no fuese con él.

-Entonces, ¿no será usted invertido?- siguió inquiriendo el más alto de los quasi-clones-Debemos pedirle que nos deje entrar. Tenemos que ver el interior de su casa. Estaba usted hablando con alguien y debemos comprobar con quien y por qué.

-El hogar de un hombre es su castillo- replicó Barti.

-¿Y qué significa eso?- respondió el más bajo de los Hombres de Lino. Su mano izquierda se acercó a su oído, mientras la derecha parecía coger algo de su bolsillo y quedarse a la espera.

-Qué pregunta tan fútil, si ya lo estás preguntando. Indaga y sabrás tu destino. Marchaos de mi casa y todo seguirá como hasta ahora.

-¿Es usted un Viejo Jurista?- Dijo el intruso bajo

-No, espera- respondió el alto, al tiempo que Barti le metía los dedos índice y corazón en los ojos, y el pulgar en la boca, levantándole la cara y empujándole hacia atrás.

Aprovechando el movimiento, el codo izquierdo de Barti se incrustó en la nariz del hombre bajo, haciéndole sangrar. Agarró del brazo que tenía en la faltriquera a este segundo y le empujó el codo de atrás hacia delante. Su gritó retumbó en toda la finca. Su brazo, colgante, sostenía por reflejo un arma que era incapaz de utilizar. La palma de Barti agarró su cara, y le lanzó junto a su compañero, ahora ciego, que intentaba levantarse a duras penas. Barti le dislocó la rodilla de un pisotón, pero este aguantó el grito mordiéndose el puño. Sus ojos lloraban sangre, pero si pudiesen, también habrían llorado lágrimas.

-No sabes lo que has hecho. Te encontraré yo mismo, y te llevaremos al Consejo. Tu recuerdo desaparecerá con todos los que alguna vez te conocieron. He muerto tres veces, y no me da miedo volverlo hacer: Mi corazón es puro.

-No, hijo, no- Respondió Barti condescendiente- Esta vez va en serio. No habrá robo de cuerpos. No habrá plañideras en tu muerte y resurrección, ni llantos de madres sin sus hijos. ¿Me están viendo desde la central?

-Claro. Ya deben tener gente en camino. Toda la ciudad ya conoce tu cara. Yo viviré, y tú: morirás.

Mientras el ciego decía esto, Barti conectó un rodillazo en la sien del bajo Hombre de Lino, que hacía por alcanzar el arma con su brazo íntegro.

- Ved, de nuevo; lo que era, ha sido y será siempre la muerte gentes del Concejo. Nadie puede fuir de ella, nadie se acalda, tranquilo, sabiendo que volverá al mismo mundo en que palmó. Yo soy la segur que talla vuestra locura, yo soy la dalle que siega vuestra aberración.

Y dicho esto, atarazó la parte izquierda de su cara y le hundió de un golpe la garganta a los dos. Y mientras esto hizo, su cara, antes enjuta y angulosa, se suavizó. Sus rasgos, antes adustos, se dulcificaron, asemejándose más con cada mordisco a los ya muertos Hombres de Lino.

-Howell, eres cruel. Estás loco. Eres un enfermo. No quiero seguir con esto- oyó en su cabeza el viejo Barti Ddu, que ya no parecía tan viejo.

-Tomás, ahora no- Se dijo para sí Barti mientras miraba la rendija de la puerta que abrían todos los vecinos. En esos momentos, nadie podía identificarle a ciencia cierta pues su cara no paraba de cambiar.

-¡Si les preguntan que pasó, fue lo que tenía que pasar!- Dijo Barti, desapareciendo en una ciudad que se desperezaba; una ciudad temerosa, como siempre, de aquello que no pudiese controlar. Y mientras el Consejo de Doctos se reunía para tratar tan grave caso, Barti Ddu le repetía a Tomás Anstis que eso era lo que tenía que pasar, y que ojalá hubiese otra manera.

Mar 8, 2009

Era jueves y, sin en cambio, llovía

Allí, en la esquina de la habitación, con la oscuridad encendida y los negros ojos como lunas, con la respiración acompasada a la música robada, las ideas presas; encerradas en ventanas tapiadas, sonrisa quebrada y cabeza hundida, había un crío que se escondía en su propia sombra de su propia sombra.
Parecía que hasta la muerte estuviese dormida esa noche, aunque eso él no lo sabía, pues no veía el exterior. Dentro sólo oía canciones inaudibles para el resto, ronquidos lejanos y gruñidos cercanos. Pararon los gruñidos, y poco después un goteo sobre el mármol se acercó desde la cocina a la habitación donde nadie dormía. El perro no era tal a ojos del chico, si no una sombra borrosa y familiar. Al parecer, el cachorro humano era incapaz de acostumbrarse a la oscuridad absoluta, a pesar de que sus ojos enormes intentaban tragar toda luz que se acercase.
Las pezuñas siguieron tictaqueando hasta dar junto a sus piernas a medio estirar. Con su mano rodeó el cuello del animal, y este se tumbó junto a él, suspirando. La cabeza de uno se puso sobre el muslo del otro, y la mano del otro calentaba el cuello del uno, y así pasaron un buen rato: con la mirada fija en la cama sin deshacer el otro, dormido el uno.

No sabía cuánto tiempo había pasado, pero seguro que demasiado. Un destello les despertó, y antes de poder acostumbrarse a la luz una sombra se agachó sobre él y le dio un puñetazo en la sien. El perro, con el rabo entre las piernas, se arrinconó todo lo que pudo, mientras grandes brazos pegados a una gran espalda golpeaban al chiquillo.
-¡Basura! Durmiendo en el suelo como las bestias, haciendo de la bestia un bicho quejoso- gritaba sin que nadie oyese -¡Basura es lo que eres! ¿Y qué es eso? –dijo señalando los auriculares- ¿Necesitamos esa mierda en esta casa? ¿De dónde lo has sacado?, ¡ladrón! ¡Basura deshonrosa! ¡Neandertal zoófilo!
El hombre que esto decía, tenía la habilidad de hablar y golpear al mismo tiempo, lo que le permitió intentar inventar nuevos e ingeniosos improperios y usarlos mientras golpeaba al chico.
Le arrancó los auriculares llevándose consigo el reproductor, que chafó hasta que fue un montón de chatarra esparcida por el suelo. Los auriculares se los dio al chico, que según el registro civil era su hijo, y se los hizo tragar.
-Mastica, hostia, mastica- ordenaba –Trágatelo todo, imbécil, trágatelo. Aquí no necesitamos esa mierda.
Aunque con lágrimas y la cara hinchada, el niño volvió a sonreír y se lo tragó. Aquello le comenzó a raspar el esófago. Parecía que se le estuviese desgarrando, aunque eso no hizo que el chico dejase de sonreír.
-¿Has aprendido? Veo que sabes que es por tu bien. No quiero lloricas aquí- dijo el padre- Tú puedes aprender, pero la bestia ya está viciada. No hay lugar para ñoñerías en esta casa: los fuertes devoran a los débiles, las mentes fuertes dominan a las débiles.

Dicho eso, se acercó al perro y comenzó a darle patadas, una detrás de otra, a pesar de los gemidos del animal. Este, que no osaba defenderse de su amo, sólo se intentaba arrinconar más y más mientras le llovían las patadas y pisotones. Sólo lloraba más y más, y se lamentaba sin asomo de rebelión, lo que hacía que el hombre aumentase la furia de sus golpes.
El niño veía con sangre y plomo en la garganta cómo la vida se le iba de los ojos a su amigo, sin intentar ni imaginarse capaz de hacer nada.
Al final, inerte y deformado, el perro dejó de ser pateado.
-Mañana nos lo comeremos- Sentenció el padre mientras salía de la habitación. - Y duerme en la cama, como los hombres.
Y apagando la luz y dando un portazo, salió el padre de la habitación, mientras la sangre del perro llenaba las zapatillas del chiquillo.




Pasó un tiempo, no sabía el chico si mucho o poco. Su cabeza hervía, y no sabía por qué. Inerme en la noche sin sueños, no sabía qué quería. Sabía que no quería estar allí, pero sabía que no podía vivir sin estar allí. No sabía si quería vivir, pero sabía que no quería morir. No al menos, si la muerte era lo que ya más de una vez había visto.
Se despertó cuatro veces, pero no sabía si se durmió ninguna de las cuatro. Tenía hambre, pero no se atrevía a levantarse.
Gateó hasta la piel deforme de lo que antaño fue un perro, y la olisqueó. Olía a aluminio y zinc, olía a piel seca y terror. Ese no era el olor de su perro. ¿Era morir lo que había cambiado su olor? Los muertos siempre olían raro.
Y alguien dijo:
-¿Quieres saber lo que es la muerte? ¿Quieres ver cómo cambian los olores de la vida? ¿Quieres ver cómo se vacían los ojos de los muertos?
El chico miró de un lado a otro, como una rata recién atrapada, pero no vio a nadie. Tampoco vio una paloma blanca, ni un arbusto en llamas que no se consumía, ni un gran torbellino de fuego. No vio la luz entre las nubes ni un gran padre celestial. No vio nada. Pero sí oyó más, y la voz le fue guiando hasta que llegó al congelador.
Aún olía al pelo húmedo del perro, que dormía ahí hacía no demasiado; o quizás demasiado poco.
Abrió el congelador con cuidado de no hacer ruido, y ahí encontró algo extraño. Lo sacó, y su mano se fue helando. Era una daga ornamentada, un pequeño pincho hecho de hielo.
- Tienes cinco minutos para decidir. Cinco minutos para decidir si quieres ser un cordero devorado por una bestia con ojos de sangre, o no. Si quieres vivir cuanto otros decidan, ser siempre el débil y ser comido, ser nunca el fuerte para apenas sobrevivir al capricho ajeno; o no.

Su nariz se acercó a la daga. Olía a risas y a rayos en la medianoche. Olía a miedo, pero también a cómo debía oler la libertad. Olía a lo nuevo, a lo que siempre da miedo. Su dedo rozó la punta, y quiso llorar del dolor. Sin apenas pincharle, le pareció vivir un calvario eterno. Aquello no era un arma, era la llave a las puertas del infierno; la que abría los siete sellos del libro prohibido, que esperaba al carnero de los siete cuernos y siete ojos.

Cuando la primera gota de agua calló del témpano, creyó que ya era tarde. Una segunda cayó por su mano, y él la recogió con la lengua, y su lengua pensó por él:
Eran pánico, terror y miedo, el triunvirato de la amargura, quienes le hacían ver aquella cueva como algo seguro; quienes le hacían creer que esos golpes eran merecidos, y que nada podía ser de otra manera; que los golpes le protegían de lo que había fuera, que era algo más horrible de lo que podía imaginar. Pero la gota que sabía a clarividencia y locura, a rabia y sosiego le enseñó otro camino. Y él lo recorrió, despertando a la bestia con un berrido desde la puerta de su madriguera, abalanzándose sobre ella con el arma caduca y haciéndole probar algo que le hizo ver el séptimo infierno, donde su helado espinazo se partió por las convulsiones. Le hizo ver el averno, pues allí le llevó, entre gritos y espasmos, entre sollozos y chasquidos, entre uno y mil pinchazos de un arma glacial.

Y el niño, ya adulto sin saberlo, se echó las gotas que aún caían del arma en las heridas, y envuelto en terrible dolor, rezó al dios que acababa de conocer.

Jan 3, 2009

De cómo afecta la realeza mi vida privada

El agua, trémula y tibia, cayendo por mi piel siguiendo dictados de una ciencia que no comprendía, me hacía arder la piel más allá de lo que sería recomendable o previsible. Efectos, supongo, de un trascendente cena de alubias con macarrones e hígado, aunque no necesariamente la misma cena, aunque no necesariamente el mismo día. Pero seguramente, esas viandas tendrían algo que ver con algo, pues si no, no estarían donde están en este mundo, y es siendo ingeridas por gentes de bien y gentes de mal vivir.

Entre toda el agua que sobre mí caía, entre todo el ruido que hacía el agua, haciendo de un rudo paquidermo en celo un mudo en una campana de vacío, un sonoro pedo salió de mis entrañas. Un timbre tembloroso, poderoso, sensible y sustancial; algo tan físico como sentimental.

Como era este contexto normal, como era esta acción habitual, no presté mayor atención al hecho, hasta que este se confirmó como inusual.

-Soy Viqui de Battemberg- me informó diligente y he venido para informarte de un hecho.

Mirando airado al aire que me hablaba (haciéndose resonar, supongo), respondí que qué era aquello de lo que me quería informar. Ella, me respondió que de lo que quería informarme era de su existencia. Sintiéndome algo azorado, pero no capaz de darle la merecida compañía, no supe qué hacer. De hecho no conocía lo normal o anormal de la situación, así que decidí no mostrar mi sorpresa, pues la gente fácilmente impresionable –esto es, de fácil asombro- causaba, sin duda, poca admiración entre tan refinadas flatulencias.

Tras poner mi cara de menor asombro, esto es, extraer con flema una flema de mi nariz con el meñique, como solo hace la gente distinguida, Victoria me dijo que me requería, y cito textual –para una misión que, solo pudiendo ser realizada por ti (por mi, pero la muy puta no me hablaba de usted), hará que la historia tal y como la conocemos, la existencia tal y como la concebimos, continúe como hasta hoy.

Al calibrar que eso requeriría de mi algún tipo de esfuerzo más allá de lo cotidiano, vacié sobre mi mano una cantidad importante, por no decir desmesurada de Crema de Ducha Extraaromatizada Sin Aroma Artificial Follamás y la froté con fiereza sobre mis cueros aún empapados por el agua que no dejaba de caer. Ella, en los últimos estertores de su humana fragancia, en sus gritos agoniosos al ser asfixiada por pestilencia socialmente más aceptable, hizo ademán de cagarse en mis muertos. La muy estúpida no sabía que, desde hacía años, los cadáveres no eran propiedad de la familia si no del estado, aunque estos tenían la potestad para decidir el destino de dichos despojos. Soberana ignorancia, lo llamaría, si no fuese porque sería una gracia en extremo forzada.

A pesar de todo, no salía de mi asombro, que ya no debía ocultar por no estar ante la real dama, así que tal y como me encontraba cerré el grifo (pues el agua es un bien escaso y fundamental, como dijo el Dalai Lama en las memorias que escribió de su reencarnación como Protozoo, que tituló Aventuras y desventuras del Unicelular Místico más conocido por los niños y amado por los actores y actrices y artritis, que en sus diversos viajes vagando por unas corrientes que no sabría el ser humano si catalogar como oceanas o de un vulgar charquito acontecieron en tiempo indeterminado purgando pecadillos de juventud de una vida pasada como Lirón Rosa). Fue un acto realmente heroico el de cerrar el grifo. En realidad digo esto para recordar de lo que estaba hablando. Pues digo que apagué el grifo.

Aquí debería pasar algo más.

Pues lo que pasó, es que salí de la ducha, con una nube de espuma estratégicamente colocada en mi parte pudenda (el ombligo), mientras me rascaba con el dedo corazón de la mano izquierda el testículo derecho; y me dirigí al comedor tratando de no resbalar.

-Padre- grité- Progenitor mío, progenitor biológico atestiguado por una prueba genética.- continué gritando.

Apareció mi padre, agitando los brazos de manera furiosa, en el aire (claro), tratando de apartar lo que pareciese un enjambre de rabiosas abejas invisibles. Asió una silla, arrancó el asiento y así, en crudo y sin miel, lo lanzó contra el cristal de la ventana. Deduje que era un buen momento para plantearle mi duda, pues no salía saliva de sus comisuras.

-Padre, ¡OH, padre! ¿Soy acaso yo, tu hijo, Witiza?

Su respuesta, aunque pudiese parecer lo contrario, me resultó un tanto críptica: Saltó por la ventana sobre una simpática y despreocupada cabeza engominada, a la que agarró del mullet para no empotrarse contra el suelo, violando así un par de leyes físicas y otro par de artículos del Código de Comercio de Singapur. Arrancó esa cabeza y la colgó de una pica que curiosamente pasaba por allí, por mi calle, para ponerse a correr con la cabeza ensartada entre el tráfico matutino. No sé qué pasó después, ya que todo aquello me dejó pensativo, y me fui a mi cuarto a tratar de ver la luz en la respuesta aparentemente clara, pero de gran profundidad, con que me había regalado el día la mitad de mis genes.

Una pregunta, una incógnita irresoluble (de momento), me rondaba la cabeza: ¿cómo alguien llamado Balduino, pudo ser rey?

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