Amanecía. La luz de un nuevo día rebotaba en las fincas blancas, más que pulcras; impolutas. Los primeros rayos de sol inundaban rápido el barrio. No quedaba rincón sin iluminar. No quedaba resquicio de oscuridad. Las ventanas sin cortinas, sin persianas, sin visillos ni horteradas, límpidas y diáfanas, dejaban entrar raudales de luz. Una de ellas, una de tantas, parecía ajena a aquel festival diario. La luz parecía no querer entrar. En ella, los vecinos oían una discusión, tras unas paredes que aislaban de todo menos del chismorreo, por otra parte tan necesario.
-No quiero seguir viviendo así. Esto es una mierda. Somos esclavos nómadas. Nos escondemos como ratas. Quiero una vida normal, hacer cosas normales, como los demás. Quiero hacer lo que hacen los otros, joder- dijo una voz cansada, tan cansada que parecía que no podría quejarse mucho más. Era una voz seca, pero suave. Era terciopelo somnoliento.
-Los otros no dicen tacos - dijo una voz queda, más por hastío que por miedo. Ni huera, ni dulce, ni todo lo contrario, mas profunda como pocas.
-A los demás no les importa que los vecinos les puedan oír hablar. Los demás disfrutan con el sol cada mañana. Los demás son felices, joder.
-Los demás son tan predecibles que los vecinos no pueden decir nada de ellos. Los demás dicen disfrutar del sol cada mañana, dicen ser felices, dicen hacer lo que todos dicen hacer. La normalidad es hipocresía. La normalidad no existe.
-Sí existe. Existe desde el momento en que somos anormales, apestados, parias… ¡rufianes!
-Somos libres
-No me vengas otra vez esa m… - iba diciendo la voz cansada y quejosa, cuando le cortó el timbre de la puerta.
-Cállate, y déjame a mí- dijo la voz profunda, que parecía resonar más allá de su cuerpo.
La casa, al igual que otros muchos cientos en el barrio y más allá, era una gran estancia con la cama separada por una mampara a un lado, la cocina de espaldas al gran ventanal y entre medias una gran mesa. Frente a la cocina, la única parte invisible desde la ventana: El retrete y la ducha, que formaban un pasillo hasta la puerta.
Abrió la puerta de un tirón. Estaba abierta. Todas lo estaban. Podrían haber entrado, pero la cortesía obligaba siempre a llamar. Tras la puerta, dos hombres impecablemente vestidos, con medias melenas recogidas por cintas en el pelo. Ambos eran rubios, los dos sonreían como si fueran las personas más felices del planeta.
-¡Hola, compañero! -Dijo el más alto de los dos. Estaban enfundados en camisas de lino y pantalones grises, y todo en ellos parecía tan bello como artificial- ¿Me podría decir cómo se llama?
-Podría, sí. Me llamo Howell Barti Ddu. Pueden llamarme Señor Barti.
-¡Bonito nombre! Es la primera vez que lo oímos.- siguió el más alto de los dos.
-¿cómo sabes que tu compañero nunca lo ha oído?- replicó, socarrón Barti.
Los dos Hombres de Lino dejaron de sonreír, azorados. Cruzaron una mirada, y uno de ellos se tocó el lóbulo de la oreja izquierda.
-¿Está usted casado? ¿Matrimonio Fugaz, quizás?
- No, jamás pagaría la Mahr- respondió Barti levantando las cejas y moviendo las orejas de manera aleatoria, como si la conversación no fuese con él.
-Entonces, ¿no será usted invertido?- siguió inquiriendo el más alto de los quasi-clones-Debemos pedirle que nos deje entrar. Tenemos que ver el interior de su casa. Estaba usted hablando con alguien y debemos comprobar con quien y por qué.
-El hogar de un hombre es su castillo- replicó Barti.
-¿Y qué significa eso?- respondió el más bajo de los Hombres de Lino. Su mano izquierda se acercó a su oído, mientras la derecha parecía coger algo de su bolsillo y quedarse a la espera.
-Qué pregunta tan fútil, si ya lo estás preguntando. Indaga y sabrás tu destino. Marchaos de mi casa y todo seguirá como hasta ahora.
-¿Es usted un Viejo Jurista?- Dijo el intruso bajo
-No, espera- respondió el alto, al tiempo que Barti le metía los dedos índice y corazón en los ojos, y el pulgar en la boca, levantándole la cara y empujándole hacia atrás.
Aprovechando el movimiento, el codo izquierdo de Barti se incrustó en la nariz del hombre bajo, haciéndole sangrar. Agarró del brazo que tenía en la faltriquera a este segundo y le empujó el codo de atrás hacia delante. Su gritó retumbó en toda la finca. Su brazo, colgante, sostenía por reflejo un arma que era incapaz de utilizar. La palma de Barti agarró su cara, y le lanzó junto a su compañero, ahora ciego, que intentaba levantarse a duras penas. Barti le dislocó la rodilla de un pisotón, pero este aguantó el grito mordiéndose el puño. Sus ojos lloraban sangre, pero si pudiesen, también habrían llorado lágrimas.
-No sabes lo que has hecho. Te encontraré yo mismo, y te llevaremos al Consejo. Tu recuerdo desaparecerá con todos los que alguna vez te conocieron. He muerto tres veces, y no me da miedo volverlo hacer: Mi corazón es puro.
-No, hijo, no- Respondió Barti condescendiente- Esta vez va en serio. No habrá robo de cuerpos. No habrá plañideras en tu muerte y resurrección, ni llantos de madres sin sus hijos. ¿Me están viendo desde la central?
-Claro. Ya deben tener gente en camino. Toda la ciudad ya conoce tu cara. Yo viviré, y tú: morirás.
Mientras el ciego decía esto, Barti conectó un rodillazo en la sien del bajo Hombre de Lino, que hacía por alcanzar el arma con su brazo íntegro.
- Ved, de nuevo; lo que era, ha sido y será siempre la muerte gentes del Concejo. Nadie puede fuir de ella, nadie se acalda, tranquilo, sabiendo que volverá al mismo mundo en que palmó. Yo soy la segur que talla vuestra locura, yo soy la dalle que siega vuestra aberración.
Y dicho esto, atarazó la parte izquierda de su cara y le hundió de un golpe la garganta a los dos. Y mientras esto hizo, su cara, antes enjuta y angulosa, se suavizó. Sus rasgos, antes adustos, se dulcificaron, asemejándose más con cada mordisco a los ya muertos Hombres de Lino.
-Howell, eres cruel. Estás loco. Eres un enfermo. No quiero seguir con esto- oyó en su cabeza el viejo Barti Ddu, que ya no parecía tan viejo.
-Tomás, ahora no- Se dijo para sí Barti mientras miraba la rendija de la puerta que abrían todos los vecinos. En esos momentos, nadie podía identificarle a ciencia cierta pues su cara no paraba de cambiar.
-¡Si les preguntan que pasó, fue lo que tenía que pasar!- Dijo Barti, desapareciendo en una ciudad que se desperezaba; una ciudad temerosa, como siempre, de aquello que no pudiese controlar. Y mientras el Consejo de Doctos se reunía para tratar tan grave caso, Barti Ddu le repetía a Tomás Anstis que eso era lo que tenía que pasar, y que ojalá hubiese otra manera.